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12/03/2019 Comunicación 360, Comunicación en el día a día, Medios Sociales, Social Media

Cómo la exagerada corrección política acaba favoreciendo entornos opresivos y populistas

¿En cuántas ocasiones hemos editado, rectificado o incluso borrado algún post, estado, comentario o tweet en redes sociales por temor a incomodar o molestar y así evitar posibles reacciones adversas?

Durante los últimos años, el avance de la tecnología nos ha permitido contactar con personas y empresas de manera prácticamente ilimitada e inmediata, al mismo tiempo que nos ha dado voz y permitido expresarnos. Esta “hiperconexión” era algo lejano e impensable hace solo algunas décadas, cuando cualquier ciudadano que quisiera ser escuchado solamente podía llamar a alguna radio o escribir una carta a un periódico. Internet y las redes sociales no sólo han permitido a muchos artistas, músicos o escritores darse a conocer, sino a cualquier persona expresarse y dar su opinión sobre cualquier tema. Por el lado negativo, esta libertad ha sido mal entendida por muchos que, amparándose en el anonimato, se dedican a verter todo tipo de ideas intransigentes en múltiples foros, bien porque las compartan realmente o para explorar y divertirse con las reacciones ante su intolerancia, real o fingida.

Se suele recriminar también a las nuevas generaciones, seguramente influenciadas por cierta sobreprotección, su vulnerabilidad emocional y escasa resiliencia. Algunos incluso han etiquetado a los millenials, quienes son mayoría en los medios sociales, como generación copo de nieve. Todo este variopinto caldo de cultivo ha devenido progresivamente en una sociedad más infantilizada, que llega a utilizar la afrenta como arma arrojadiza, en un ambiente general de susceptibilidad hacia las cuestiones más triviales, sencillamente porque alguien se pueda sentir ofendido por ellas. Incluso en temas lúdicos, casos recientes como el de Rober Bodegas, que hizo un monólogo sobre el colectivo gitano que levantó ampollas, o Dani Mateo, que se sonaba los mocos en una bandera de España en un sketch de El Intermedio y fue denunciado por ello, reflejan una creciente intolerancia hacia el humor más transgresor, descarado e irreverente y, lo que es más grave, hacia la libertad creativa.

Este ambiente de exagerada corrección política acaba favoreciendo un entorno opresivo, de autocensura por lo que pudieran decir, de miedo a un linchamiento digital o a cómo nos pudieran etiquetar, por lo que nosotros mismos terminamos coartando nuestra libertad. Y esto no sucede solamente en temas como la política o el humor, sino que incluso se infiltra en otros ámbitos de nuestra sociedad. La Universidad, teóricamente foro de conocimiento y confrontación de criterios, tampoco se ha librado de la moda de la corrección política: numerosos profesores norteamericanos han sido censurados o directamente expulsados en los últimos tiempos porque sus discursos turbaban a unos alumnos quizá excesivamente mimados y sobreprotegidos. Por ejemplo, en la Universidad de Brown en 2014 se creó incluso un “espacio seguro” con chucherías, música e imágenes relajantes y personal de apoyo para evitar posibles traumas en un debate abierto sobre las agresiones sexuales. Así, en el esfuerzo por buscar la comodidad y el bienestar del alumnado, se termina sacrificando la madurez, el debate y la confrontación respetuosa con ideas opuestas y, en definitiva, el rigor y la credibilidad intelectual. Y es que, si fijamos un espacio como seguro, significa que hay otros que no lo son, y habrá que terminar “asegurándolos”, no solo en el ámbito universitario, sino también en la sociedad como conjunto, restringiendo términos, maneras y comportamientos que no resulten tolerables. Pero ¿qué es tolerable? ¿Dónde está el límite? Y lo que es aún más relevante: ¿quién podría fijar ese límite y bajo qué criterios?

Una idea diferente a la nuestra en un ámbito determinado no debe ser tomada como una agresión personal. No todos opinamos igual ni tenemos la misma sensibilidad ante un asunto concreto, por lo que es tarea inútil intentar poner coto entre lo políticamente incorrecto y lo correcto, así que finalmente sería la autoridad, sujeta a intereses concretos, quien se encargaría de establecer qué es adecuado y qué no, con los peligros que ello conlleva: se terminaría instalando la censura, la cultura del miedo y una imposición de un lenguaje específico superficial utilizando la estrategia del avestruz para no tratar aquello que se considerara incómodo y desagradable.

Dentro de los cauces básicos del respeto, lo potencialmente ofensivo no está en el emisor, sino en el receptor. Resignarse a callar nuestros argumentos e ideas por temor a ofender nos empobrece como parte activa de la sociedad y deteriora los principios básicos de la democracia y la libertad. Y tampoco hay que olvidar que un entorno de censura, percibido por la gente como opresivo y fácil de manipular es terreno abonado para los populismos políticos.

Si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír”. G. Orwell.

Photo by brianjmatis on Foter.com / CC BY-NC-SA

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