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10/06/2016 Blog, Comunicación 360, Marca

La marca Ali

MarcaAli

Cuando Ali viajó a Kinshasa, desahuciado totalmente por los expertos y los nostálgicos, su carrera profesional sobrepasaba ya el deporte y rozaba la leyenda. Mobutu, con la ayuda del arribista Don King, había conseguido organizar en Zaire, una sangrienta dictadura tercermundista, el que acabaría convirtiéndose en el combate más importante de la historia, acompañado en aquellos días de un festival con los mejores artistas negros y afroamericanos del momento. La pelea se bautizó como “Rumble in the jungle”: deporte, música y lavado de imagen.

Tras la suspensión de 1967, Ali había regresado a los cuadriláteros tres años y diez kilos más tarde para retar a un joven George Foreman, campeón olímpico y campeón mundial, invicto tras la friolera de cuarenta peleas. La edad, la frescura y la demoledora pegada de su rival hacían pronosticar una auténtica paliza, además de, posiblemente, su adiós al boxeo profesional. Pero el combate se retrasó unas semanas, debido a un pequeño corte en la ceja de Foreman, el cual aprovechó para regresar a E.E.U.U. y seguir allí con su entrenamiento. Mientras tanto, Ali, extraordinario propagandista, permaneció en Zaire ganándose el favor de la gente con su discurso popular, elogiando las virtudes del continente africano y erigiéndose en adalid de la causa negra (curiosamente frente a un rival de piel mucho más oscura), con su verborrea, con sus rimas, con sus motes, con su carisma y con sus entrenamientos públicos donde lo seguían por los suburbios miles de niños que lo idolatraban. “Ali, bomayé” (“Ali, mátalo”), coreaban.

Lo había tenido claro desde el principio de su carrera: quería ser el mejor y pasar a la historia como un campeón diferente, más allá del ámbito puramente deportivo. Aunque sonara a palabrería barata, el joven Cassius Clay hablaba de sí mismo de un modo estudiado, arrogante e hiperbólico. “Para ser un gran campeón, tienes que creer que eres el mejor. Si no lo eres, haz como si lo fueras”, decía. Se burlaba de sus rivales, imitándolos y poniéndoles motes, o improvisando rimas donde predecía el asalto exacto en que los iba a mandar a la lona. Y, a medida que lo iba cumpliendo, prensa y aficionados lo tomaban más en serio. “No es arrogancia si puedes sostenerlo”, remarcaba. En una disciplina donde es especialmente importante el juego psicológico con el rival, Ali era un maestro. Consciente de su carisma, utilizaba todo lo que podía para que se hablara de él, no importaba si mal o bien. Tenía un don innato para el espectáculo, aparecía en entrevistas, reportajes, documentales y cómics e incluso sacó discos y participó en un musical de Broadway. Quizá sea una de las pocas personas conocidas universalmente por dos nombres diferentes. Charlatán, impertinente y provocador, fue todo un comunicador, pionero en una época sin redes sociales o asesores de imagen, un magnífico vendedor de sí mismo.

El 30 de octubre de 1974, en medio de un ambiente tenso y multitudinario en Kinshasa y expectante en el resto del mundo, Ali logró lo imposible de la manera más inverosímil. Reinventó su estilo de velocidad, distancia y técnica para apurar unas escasísimas opciones en las que prácticamente solo él creía. Se atrincheró en las cuerdas un asalto tras otro tapándose y cansando a un Foreman que se desgastaba en ataques infructuosos y al que un único, demoledor y certero puñetazo habría bastado para ganar la pelea. “¿Eso es todo lo que tienes, George?”, le susurraba. Su estrategia aparentemente suicida estuvo cerca de fracasar en varias ocasiones, pero la experiencia, el talento, la férrea voluntad y las ansias de victoria de Ali pudieron más que la lógica competitiva: al final del octavo asalto, tras una combinación digna de sus mejores tiempos, dio con Foreman en la lona para enardecer aún más a todo el estadio y recuperar el título de campeón mundial. Había tenido hasta entonces talento, fama y títulos, pero necesitaba un prodigio como este para coronarse como el mejor deportista de la historia.

Muhammad Ali era un atleta, un privilegiado del pugilismo, pero, además, hizo de su carrera algo que ha trascendido al deporte, a pesar de no ser siempre un personaje admirado ni querido por todos. Venció a rivales temibles entre las dieciséis cuerdas pero también a gobiernos, a prejuicios raciales y barreras religiosas e incluso, finalmente, a la inexorable decadencia del párkinson y a la misma muerte, porque se soñó leyenda y lo cumplió. Ningún otro deportista ha alcanzado su relevancia social: no solo es ya para siempre un referente del boxeo, sino también un icono pop y un mito contracultural.

Soy el más grande, y ya lo dije incluso antes de saber que lo era“.

Diego García

Imagen obtenida del NY Daily News.

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